Pues no, parece que actualmente ser humano es el más cruel y violento de los pecados que una persona pudiera cometer.
No podemos ser humanos, precisamente para que todo el orden de cosas persista y la despreocupación de la sociedad por las cuestiones trascendentales permita a los sectores más diversos del poder continuar con una agenda de enriquecimiento, y epicureísmo vacío para saciar sus más oscuros instintos emanados de una aún más turbulenta sed de ambición y de mayor poder de control.
Para alcanzar ese mundo distópico donde las libertades sean, como para el personaje de la obra de Orwell, un vago sueño del que algunos recuerdan aciágamente algunos de sus momentos más oscuros. Donde una institución, una suprainstitución, el Estado, sea el encargado no solo de pensar y tomar decisiones por nosotros, sino en reconducir todas nuestras vidas, “desde la cuna a la tumba” amparándose en principios tan etéreos como el de “protección” y “resolución de conflictos” así como otros más abstractos como la “paz”, “seguridad”, “igualdad”, o “verdad”. Para asegurar una resolución pacífica de conflictos, dado que nuestras relaciones han llegado hasta ese punto de degeneración que no somos capaces entre nosotros mismos y sin mediadores de solucionar aquellos conflictos que, del roce natural de las convivencias puedan surgir.
Se nos prohíbe ser humanos desde el mismo momento en el que se nos prohíbe el ejercicio del pensamiento, del trabajo voluntarioso, del vivir como actividad de permanente dubitación, y de retrocesos para continuar avanzando, algo que requiere un extenuante pero reconfortante ejercicio de responsabilidad personal y colectiva, a fin de reconstruir una sociedad nueva donde, renunciando a los placeres más mundanos, se busque la perpetua espiritualidad y la construcción de modelos de convivencia donde la cultura sea creación de los pueblos y no imposición unilateral de los poderes.
Si te paras a pensarlo, nuestra vida gira toda en torno a la negación de lo humano. A los niños se les niega su capacidad autoreguladora desde el momento en el que les inculcan el supeditamiento acrítico a un poder autoritario jerárquicamente superior, sin darles ninguna explicación más que ordenamientos imperativos breves de carácter taxativo para conseguir la inmediata obediencia, que es comprada generando un sentimiento de interés que retribuya y otorgue aparente sentido a un sistema de recompensas que carece de él por completo, pues al establecer dicho sistema se anula por completo la libertad de elección de los individuos, y los guías dejan de serlo para convertirse en tiranos y alimentar siervos más no personas.
Todo este sistema de disvalores se endurece y fortalece en la escuela, donde la mentalidad cósmica de los niños se fragmenta y se intenta poner contenciones a su profundo océano de creatividad y sus instintos naturales de aprendizaje y autoregulación. Se les dice que aprender es pasarse de seis a ocho horas encerrados en un recinto carcelario al que llaman “escuela” con unos temarios predefinidos que se les obliga a encasillar en la memoria a base de “estímulos” que deshacen el sentimiento humano de solidaridad y fomentan la competencia, provocando que el sistema natural de autoregulación del niño se vuelva en contra de él, y que comience a ver que para ciertos tipos de recompensas necesita fingir ciertos tipos de actitudes, aunque no halle realmente propósito en lo que hace.
Al verse obligados por toda la sociedad en su conjunto, casi sin excepciones (pues a los padres los coacciona la ley para que lleven a sus hijos a la escuela) a secundar un sistema de destrucción, los niños acaban por resignarse, algunos se tornan en pequeños villanos de película de terror (de ahí se podría explicar, por ejemplo, el auge del bullying), otros se integran en el sistema competitivo como pueden, asumiendo el papel de víctimas, de agresores o de cómplices silenciosos, y unos últimos terminan por no adaptarse a un sistema que les sujeta y les quiere asociar moldes que ellos no consienten, a los que inmediatamente se pone en manos de un señor psiquiatra que alega de inmediato que el niño tiene una enfermedad mental, ¡por revelarse ante una forma descarada de represión y de regulación externa!
Todo ello sin mencionar que, desde que son bien pequeños, los separan y los encierran en clases, primero por grupos de edad, y a posteriori por animales, y por último por letras, no solo amparando la competitividad sino también el enfrentamiento y el chovinismo. Y sino haced un ejercicio reflexivo y acordaros de cuántas veces no pensasteis siquiera que los niños del otro grupo eran inferiores a vosotros en algún campo, o que, por tener otro animal u otra letra, tienen alguna cualidad especial, o simplemente que son diferentes.
Nos niegan la unidad, la horizontalidad, la responsabilidad propia y por tanto el libre ejercicio de nuestra corriente humana, y la creación propia y colectiva de un modelo de sujeto virtuoso, en el que la honestidad y la solidaridad se eleven a su máxima expresión. No solo se ocupan de nuestras responsabilidades, sino de lo que debemos pensar. Desde bien pequeños nos introducen axiomas, dogmas y otras creencias varias que debemos no solo estudiar para aprobar, sino interiorizar, como, por ejemplo, que las enfermedades se transmiten por infecciones bacterianas, que la sexualidad es una cuestión meramente biológico-química, o lo gloriosos que fueron los primeros liberales y lo mucho que hicieron con todos nosotros acrecentando el Estado durante la Revolución Francesa.
Pero ese aleccionamiento no se reduce al campo del conocimiento, sino también en aspectos sociales, políticos o ideológicos, creando un ambiente donde se ensalza el progresismo y las ideologías de izquierdas, hoy mayoritarias entre los mancebos de las clases populares. Se niega el existencialismo o las cuestiones espirituales mediante un cientificismo exacerbado, con límites reducidos al ejercicio de la lógica y negando toda cuestión que la trascienda. Ese cientificismo también cumple una función ideológica, no solo alimentando el totalitarismo ideológico del progresismo burgués y arcaico, sino desvirtuando a las personas, eliminando el factor Dios, esto es, el factor de lo inmanente, de lo espiritual, de lo virtuoso, pues la ética o la moral no existen porque no son perceptibles a los sentidos, y todo se hunde en un relativismo pernicioso donde, al no existir virtud ni moral ni ética, todo vale con el fin de conseguir lo que nos propongamos, esto es, crear psicópatas a gran escala.
Al negar la libertad de conciencia, imponiendo ciertos dogmas incuestionables, en función del periodo histórico y de las ideas o nociones de las cosas impuestas por el poder (pues cuando tocaban se adoctrinaba con la moral mojigata del catolicismo clerical y corrompido, o con valores derechistas, nacionalistas, patrióticos o fascistas), se está negando de pleno la voluntad y la posibilidad de raciocinio, por tanto se está suprimiendo la humanidad.
Por esto, y me gustaría concluir con esta bagatela de la siguiente manera: debemos pararnos un momento, bajarnos de este ritmo de vida que de forma inconsciente sostenemos, sentarnos en un parque lo más aislados posibles del trasiego urbano, o a ser posible, alejarse de la ciudad, y pensar seriamente sobre qué es lo que sabemos, y qué de eso que sabemos lo sabemos resultante de un proceso de aceptación tolerada, o por un proceso de aleccionamiento externo. Otra de las mejores pruebas para ello es coger una hoja en blanco un día tranquilo y empezar a escribir sobre un tema que estemos muy convencidos de su realidad y queramos defenderlo, y en base a los argumentos que demos vacilar si debemos indagar y reflexionar profundamente nuestras convicciones o, por el contrario, podemos estar meridianamente tranquilos. También podemos darle esa hoja a un tercero, que la lea y que nos exprese su opinión totalmente sincera, reduciendo nuestro ego para aceptar tanto las críticas constructivas como las sugerencias.
No podemos, o no debemos, limitarnos a acatar un código doctrinario de valores, normas morales, procesos éticos, virtud y convicciones interiores o actos de fe, sin primero no pensar sobre ello largo y tendido, y sin indagar lo suficiente con el fin de buscar posibles disonancias cognitivas que nos rompan y nos provoquen, nos enfaden, para así, por medio de un proceso de regeneración, erguirse de las cenizas del oscurantismo posmoderno y reclamar una humanidad que nos ha sido expoliada.
Por ello, no se debe caer en el error de exclusivizar luchas, de, con aras supremacistas o chovinistas excluir a ciertos colectivos porque nos consideramos propietarios exclusivos de las opresiones o marginación que este sistema nos provoca a todos por igual. La revolución, para que pueda desarrollarse, debe emanar no solo de la unidad sino de la hermandad, al concebir ésta como lucha no por bienes personalistas o intereses particularistas, sin politizar nuestras relaciones y con un ambiente claramente autocrítico y renovador.
Para que exista la Revolución debe primero existir la humanidad, la rehumanización, esto se entiende en el ejercicio y acatamiento de nuestras obligaciones y responsabilidades, sabiendo combinas sabiamente (dado que no podemos renunciar a ello) momentos de ocio y diversión con momentos de calma, sosegamiento, reflexión y cambio tanto del ser como, a futuro, de la comunidad. No habrá Revolución que valga la pena desde una visión mecanicista como ciertos sectores afiliados a la izquierda vienen predicando, solo podría ser plausible una acción revolucionaria basada en el amor al prójimo, el sacrificio, la búsqueda de la verdad y de la regeneración espiritual constante y siguiendo la ética del trabajo, el esfuerzo o la convivencia para entre todos, construir un modelo de sociedad que luche día a día por mejorar, y donde el conformismo quede desterrado para no volver jamás.
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