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No, anoche no vi Eurovisión.

Dicen que el día de ayer, especialmente la noche, el apoteosis despertado en Kiev con la celebración del “Festival de la canción de Eurovisión” (así se llama oficialmente), fue tal que reunió, como viene siendo una tradición (impuesta desde arriba, claro está) en lo que la Constitución bautiza como España, a todas las familias, a todos los bandos políticos, a todos los colores de piel, creencias religiosas, y afines o no a la “diversidad” que tanto se esfuerzan en promocionar, a saber con qué intenciones. 

Toda, o prácticamente toda la ciudadanía española anoche, en el horario comprendido entre las 22:30 y la 1 o 2 de la madrugada (ignoro la hora en la que cierra el festival), estaba frente al televisor vibrando con cada país participante, como si de una final de la eurocopa se tratase, y aclamando a voces uno, el suyo o el que sienten suyo, a pesar de que en su interior saben que el premio solo se lo dan a aquellos países que encajan con la ideología dominante en el contexto global, el progresismo, y el PP en España no termina de entrar, anquilosado aún en las viejas ideas de progreso del régimen franquista o de la primera transición.

Daba igual que color político o que ideología se adscribiesen: comunistas, liberales o neoliberales, animalistas, nacionalistas o no, feministas, masculinistas, sexistas o no, racistas o no, pertenecientes o no a toda la retaila de colectivos que existen actualmente, españolistas o no, internacionalistas o regionalistas, conservadores, progresistas… Parece que, eventos como éste, no tienen fronteras de ningún tipo, ni siquiera de principios o de moral para seducir al conjunto de la población e introducirse en sus mentes como el tétano al hueso. 

El fenómeno Eurovisión, del cual, no voy a mentir, participé en el pasado como el que más, es una demostración más que válida de que las ideologías, a día de hoy, son meras fachadas, identidades que se adquieren en el mercado “libre” de las ideas, o bien con las que se es adoctrinado desde pequeño impidiendo la libre formulación del pensamiento, pero en términos sustanciales (cosa que sucede también con el fútbol o con las olimpiadas o con cualesquiera otros eventos televisivos de escala regional, continental o planetaria), todas las personas no son o no se conciben sino con los mismos gustos, afanes y necesidades (en su mayoría, artificiales) que sus contrarios política e ideológicamente, aunque luego se dediquen a sermonear a sus adversarios con lo coherentes que son ellos con sus ideas y con lo errados que están los demás de discutírselas. 

Esta pretendida breve bagatela, no va a repetir ese ejercicio de pseudocoherencia y superioridad moral que realizan, hoy en día, muchas no-personas. No soy el más coherente con mis ideas (aunque me esfuerzo por serlo), reconozco mis defectos, fallos y limitaciones al ideal de coherencia y magnanimidad del acto volitivo, una quimera a la que aspiro aun sabiendo que no podré alcanzarla jamás, pero si podre ejercer una transformación renovadora con carácter diario en mi interior, a fin de completarme cognoscitivamente, en la medida de lo posible, y llegar a ser un ser humano en todo el sentido de la palabra (y dentro de las vicisitudes de la sociedad de hoy y su contexto histórico, económico y “cultural”).

Por eso en esta entrada, aparte de criticar con fiereza a los adscritos a una ideología y sus actitudes santurronas cara al público (esos que, hace unos pocos días querían boicotear TVE y su reality “Masterchef”, pero que muy seguramente anoche quedaron con sus familias o amigos para admirar el espectáculo de eurovisión, como no, en la misma cadena que días atrás denostaron) tengo que elevar mis reflexiones a escala social, contemplando todos sus componentes, o intentándolo, desde una visión multiparadigmática, sin adoptar una perspectiva o juicio cerrado que me haga caer en el yerro. 

Mientras el grueso de mis semejantes admiraba pasmosamente lo que acontecía frente a su pantalla plasma, a miles de kilómetros de distancia de su hogar, yo dediqué, como he adoptado por costumbre noche tras noche, un espacio de tiempo a la lectura mesurada y a la reflexión de sus contenidos, cuyas conclusiones provisionales expondré a continuación. Se trata del, para mí, excelso libro “La democracia y el triunfo del Estado” del pensador ácrata Félix Rodrigo Mora, uno de los poquitos ácratas auténticos que existen en el contexto presente, rodeado de falsos ácratas, con instituciones sindicales (la CGT es un ejemplo claro) que predican contra el Estado mientas que reciben de el jugosas sumas de dinero, para vete tu a saber que fines. 

La obra, en su totalidad (voy apenas finalizando el capítulo 2), se considera una elegía a la democracia real, institución social que, a juicio del autor, ha sido erradicada por un agente presuntamente (y así vendido por sus instituciones aleccionadoras) vestido de democrático, contra lo que él se revela, y expone con todo lujo de detalles y abundante bibliografía al respecto, como ese Estado hoy “democrático y plural” ha sido el agente más nocivo y genocida de la historia, profundizando sus estudios en el caso español, como el monstruo resultante de las Cortes de Cádiz se asienta, a día de hoy, no solo sobre un baño de sangre y de muerte mediante brutales episodios represivos durante sus 250 años de historia (incluidos los periodos republicanos), sino mediante la mentira vendida como verdad “desde arriba” y el aleccionamiento, estructurado en 4 brazos importantes: El aparato educativo, la prensa escrita, los libros doctrinales difundidos, y los medios audiovisuales y de comunicación, entre los que se encuentran el cine, la radio y la televisión.

Aquí, no obstante, se debe matizar algo que a este autor se le escapa, y que a mi juicio es importante para no caer en la flagelación del espíritu en el afán de lograr la propia coherencia. Rescatando los fragmentos que aun conservan intactos el mensaje de San Pablo, fundamental a la hora de entender las razones morales que se esconden tras el cristianismo revolucionario altomedieval, se encuentra un texto (cuyo significado se conserva bastante puro) en 1 Corintios capítulo 10 y versículo 23:

Todo me es lícito, mas no todo conviene. Todo me es lícito, mas no todo edifica”.

Aquí, más que una consigna doctrinaria, como ven muchos religiosos enceguecidos por su doctrina, existe y se halla circunscrita una enseñanza, una filosofía de vida, de ser, de obrar y de comportarse. Edificar por tanto aquí, no tiene un sentido religioso, tiene un sentido ético, moral, virtuoso. Edificar es el sinónimo perfecto de “autoconstrucción”. ¿Qué es por tanto lo que podemos sacar en claro de este pasaje? Que, como seres humanos integrales, tenemos la necesidad vital de edificarnos, es decir, de construirnos en base al acto puro y simple (pero a la vez complejo) de pensar, desechando todo aquello que entorpezca esta labor. 

Ese es nuestro deber primordial, tanto para con nosotros como para con nuestra comunidad de hermanos o convecinos, pero ello no impide que, de vez en cuando, nos evadamos, y busquemos formas de entretenimiento (a veces, incluso recurriendo al ocio), e incurriendo en una falta de coherencia cardinal con el mensaje que pretendemos transmitir. Pero eso en sí no es malo, y de vez en cuando (son las que menos, también es verdad) se pueden extraer mensajes de valía de cierto contenido audiovisual en el que haya un mínimo de sapiencia entre el grueso destinado al entretenimiento y al narcotismo espiritual. 

En este pasaje, los más adelantados, pueden percibir una ligerísma crítica al mundo romano de la decadencia, en el que San Pablo tuvo que vivir, y en el que observó las mismas conductas que hoy, elevadas al décimo exponente y engrandecidos sus efectos debido al lento proceso de deconstrucción que han sufrido las masas (porque sí, deconstruirse es matarse espiritualmente), ostentan las masas, como acudian contínuamente a la evasión, bien fuera a los anfiteatros a ver morir gladiadores, a los teatros, al circo o a las termas, e incluso buscaban formas más violentas de evasión como el recurrir a la prostitución, es decir, al sexo por mero desahogo, a algún opiaceo o droga, e incluso al vino, convirtiéndose en alcohólicos, en viciosos o en amantes de los narcóticos espirituales y mentales, y no en amantes de la reflexión, el acto de pensar o la dubitación.

Es por esto que mi crítica sale de eurovisión para dirigirse a la sociedad del hedonismo, del placer, del espectáculo y del adoctrinamiento. De la adoración que manifiestan las masas por la cultura del ocio, impuesta desde arriba para defenestrar las formas populares y horizontales de crear cultura (reduciéndolo a mero hecho anecdótico y cuya duración en el tiempo es corta), y por tanto para asegurarse la no resistencia popular contra el poder omnímodo y profúndamente dictatorial, que se aprovecha de la difusión y patrocinio de la teoría del progreso social, económico y científico (basada en grandes falacias) para intentar generalizar su poder, y construir seres no humanos, las no-personas que figuran en 1984, y potenciar el efecto destructivo del doblepensar (esto es, defender de boquilla una idea o paradigma y actuar conforme a su contraria).

Por ello, la senda revolucionaria se debe construir en base a la crítica y exposición de los verdaderos principios constitutivos y fines que cumplen los medios de difusión y comunicación de masas y sus espectáculos, el de narcóticos espirituales y aleccionadores de conciencia, además del efecto anestesiante y placentero que provocan, generando una sensación de felicidad artificial y totalmente pasajera, e incluso, podría decirse, fomentando el abuso de otra clase de vicios del cuerpo, muchísimo más destructivos, como son el alcohol y otras drogas (duras o blandas) que se consumen, o bien entre los asistentes al “festival de la canción” o bien entre sus espectadores. 
Reivindicar la forma popular e individual de crear arte y cultura, y por lo tanto repudiar la dependencia enfermiza de las sociedades modernas al ocio y a la industria de la cultura, es el primer paso para constituir una sociedad de seres reflexivos, pensantes y en cuya simiente acepten que la vida no es un bucle continuo e infinito de felicidad o de competición por alcanzar la fama, la adulación o la riqueza material (que conllevaría también fama y adulación). 

La segunda, sería un proyecto revolucionario en el que se recuperaran algunas de las tradiciones del pasado y se constituyeran nuevas formas de crear cultura y sociabilidad en el marco de los pueblos, regidos en un sistema de convivencia continuada, horizontal y con una mentalidad política más no politicista o partidista, pero eso no puedo plantearlo yo solo, debe ser un ejercicio fruto de la reflexión común.

Por todo lo expuesto, no, anoche no vi eurovisión, pues estaba disfrutando de las mieles que aporta el actuar cavilativo, lo cual me trae infinitamente más como proyecto de persona y ser humano integral en el que estoy inmerso que una noche de goce y entretenimiento para olvidar la rutina que tan poco me gusta y que acepto de tan gustoso agrado. Es un proyecto lento, tedioso, enjundioso y farragoso, pero, poco a poco voy cobrando conciencia de que es la única de las salidas posibles a la sociedad de la diversión, el espectáculo y del embobecimiento promocionado por los realmente interesados en ello, los poderes fácticos y las instituciones, enemigas tradicionales de lo popular y verdadero. 

Espero dedicar en un futuro una entrada analizando al completo, no solo los hechos actuales que circunscriben a las sociedades del pasado, sino también a sus antecedentes y orígenes históricos, siempre desde un punto de vista conciliador. Mientras tanto, espero que hayas entendido el mensaje que vengo a transmitir con esta bagatela, cuyos fines no son belicistas sino conciliadores, como el fin último de este espacio, y que este abrebocas te haya servido de bala de oxígeno, de bocanada de aire fresco entre tanto insano humo. 

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