Circula por el espectro de internet una muy famosa cita atribuida al disidente pacifista Mahatama Ghandi, considerada por un servidor de incalculable valor y portadora de una verdad trascendental que permite comprender lo que hoy vengo a exponer en esta bagatela:
“Mucha gente, especialmente la ignorante, desea castigarte por decir la verdad, por ser correcto, por ser tú. Nunca te disculpes por ser correcto o por estar años por delante de tu tiempo. Si estás en lo cierto y lo sabes, que hable tu razón. Incluso si eres una minoría de uno solo, la verdad sigue siendo la verdad”
Sin entrar en juicios sobre su autor, tal y como dije antes, la frase en sí es consustancialmente importante para comprender un escenario y un panorama donde los viejos dogmas teocentristas han sido sustituidos por otros nuevos, más reforzados, aparentemente objetivos (o intersubjetivos) y que se revisten, precisamente de antidogmatismo, porque alegan ir en contra de todo planteamiento arcaico, “retrógrado” o contrario al muy loado método científico, reduciendo a éste el hallazgo de verdad absoluta y de certezas irrefutables, ignorando el papel que, en mi honesta opinión, debería cumplir la ciencia, y elevando ésta a la categoría de divinidad.
El concepto al que se está refiriendo esa frase es al de integridad moral, entendida como resultante de un proceso de dubitación donde cada individuo es responsable de limpiar el grano de la paja, y depositar en el granero de su sabiduría personal todo aquello que coincida con un previo juicio ético y lógico, recurriendo al también loado, pero defenestrado a su vez, sentido común. Es también una apología al heroísmo, al levantismo, a la protesta, a la denuncia, y al carácter transgresor propio de los verdaderos líderes, no de los pantalleros que azuzan carga ideológica y que se identifican para sí la revolución, la contracultura y todo término que suene antisistema, para ocultar su profunda adoración por éste.
La modernidad se constituye en sí como una gran epopeya del progreso y como la solemnidad del pensamiento científico y de sus paradigmas, como una elucubración continuada de los sueños decimonónicos de las élites, de su entusiasmo por estatuir un progreso de naturaleza anticlerical, enemigo de las tradiciones de los pueblos y de calado reaccionario, esto es, invicto, indemne a las críticas u objevciones a sus perspectivas y tendenciosamente mayoritario. Gracias a ello es como se puede comprender el afán de muchos intelectuales del siglo XIX español por el acuñado “problema de España”, esto es, la incapacidad de las élites ibéricas para desterrar la tradición por una relación de jerarquía y obediencia, de sustituir el catolicismo por otra religión aún peor, el amor al Estado y la supeditación a este de las voluntades, los sueños y los deseos del conjunto de la población.
En este afán paternalista, algunos autores han situado a los movimientos fascistas, poniéndolos como son, un movimiento de exuberante calado progresista y moderno, ya que, contrariamente a lo opinado por las mayorías, constituyeron muchos de los pilares de los futuros Estados de Bienestar, así como asentar y fortalecer la injerencia del Estado en la vida particular de los individuos (recordemos que los primeros servicios de inteligencia modernos fueron creados en la Alemania Nazi), o la adoración por el militarismo y la protección del Estado, constituyendo los que fueron en su día los ejércitos más poderosos del mundo (ni que decir tiene que el nacismo es una forma de economía de guerra, forma que, salvando las distancias, los Estados “democráticos” y post-fascistas han aplicado en mayor o menor medida después de la contienda, como es el caso de los Estados Unidos y su carácter belicista e injerencista).
La modernidad de hoy en día, se viste de rojo, de morado o de multicolor. Si en el pasado la mayoría social en Europa dio cobijo a las dos formas de modernidad más grotescas que han existido (el fascismo y el socialismo), hoy el estandarte del progreso se lo aventa para sí una forma de liberalismo social, neomarxismo o “marxismo cultural”, apoyado en una supeditación de los neosúbditos al Estado, al parlamentarismo (o presidencialismo parlamentario) que lo rige, al militarismo (pues los partidos progresistas son más belicosos que los conservadores, con alguna excepción eso sí), a la ciencia como fuente de los dogmas que creen acríticamente, o a las teoréticas emanadas de la Escuela de Frankfurt, conformada por ideólogos elitistas burgueses que “reformularon” las teorías de otro burgués, Karl Marx, a fin de perfeccionarlas y camuflarlas de “disidencia”, cuando en el fondo agudizan el problema que abordan y no aportan soluciones que derrumben las estructuras del sistema, sino que se conforman con un ejercicio de reformismo, destapando la verdadera cara mantenedora del statu quo que supone el marxismo llevado a la práctica, como numerosos casos históricos demuestran fehacientemente.
Las mayorías que sustentan la modernidad aciagamente (entre las que yo me incluía, hasta hace no mucho tiempo), lo hacen, y lo digo por experiencia personal, porque es lo que se les enseña, con lo que se les adoctrina y con lo que se les dice, podrán combatir una organización a todas luces injusta. Por ello, las élites se aprovechan del deseo rebelde y rompedor que suele manifestar a la juventud, para aleccionarles con teorías vacías de contenido, con pensamientos en el fondo carentes de sentido, pero que cumplen la premisa enunciada por un sacerdote jesuíta que dice así: “Dadme un niño de 6 años y jamás se apartará de la fe católica”, cobrando sentido si, para azuzar al sistema aleccionador-educativo “ilustrado” se eleva a la siguiente forma: “Dadme un niño de 3 años y jamás se apartará de la fe progresista”.
Es por ende el progresismo una fuerza de pensamiento totalitaria que no deja lugar, o lo deja muy escasamente, a la verdadera disidencia (no controlada, por ser minoritaria) al orden establecido y al sistema de cosas, que huye del reformismo, con aspiraciones netamente humanistas, conciliadoras, y emanadas de un profundo deseo de emancipación de la sociedad. Lo hacen de forma muy sencilla, concibiendo el mundo como un lugar hostil, evidenciando su ontología militarista, en el que todos habemos de defendernos de todos, proteger nuestras doctrinas y contribuir a la evangelización de nuestros hermanos (de ahí los términos famosos de “formación” o de “pedagogía” enunciados por la vertiente menos beligerante y más pacifica de ese progresismo hegemónico). Todas esas hordas forman una milicia, un ejército, una fuerza de inteligencia superable en mucho a las que posee el Estado, pues es capaz de sojuzgar con elementos suficientes a día de hoy (como las redes sociales) qué es lo que su credo puede pensar, decir, obrar o reflexionar, cuáles son las causas a las que se les ha de prestar atención y cómo han de repeler, mediante el uso y abuso de palabras-policía a los disidentes de sus postulados, a fin de constituir una “policía del pensamiento” harto efectiva a los intereses de los verdaderos “padres” de esa ideología, los mismos que la sustentan, le dan publicidad y cobijo institucional (cumpliendo a rajatabla esa famosa frase popular de: “Nadie sabe para quién trabaja”.
Las “juventudes hitlerianas” del progresismo y de la modernidad, por ende, son mayoritarias, puesto que algunas encuestas los sitúan, dentro de lo que se dice España, sobre un 40% de la juventud total. Ese progresismo tan adulador con ciertos colectivos “minoritarios” y tan prometedor de paraísos celestiales, es el mismo que defiende la censura cuando se contradice sus dogmas, la represión de todo lo humano, la mojigatería, el culto a lo corpóreo, o el elogio de los deseos carnales, del interés material y del “carpe diem” renacentista.
No siempre uno lleva bien este estado de neoinquisición en el que vivimos, donde cualquier persona puede ser un fraile progresista encubierto y adherirle a uno sin juicio ni simulación del mismo, un sambenito, una marca, un estigma para decirle al resto de la cofradía un “cuidado, éste es peligroso”, pues, al igual que los primeros inquisidores, basan sus nociones en el odio y la animadversión más increíble, tanto contra la objetividad como contra las percepciones ajenas, como contra en sí mismo el ser humano, al negar y condenar uno a uno los elementos que lo definen y a sus defensores, los últimos seres humanos en un mundo lleno de posthumanos.
Pero desde las minorías que componemos una, por ahora débil voz y una temblorosa existencia, no nos rendiremos, y seguiremos prestando nuestra mano a todo aquel hijo del progresismo que quiera escuchar otras teorías, otras visiones u otras perspectivas a las hegemónicas. Porque yo, personalmente, me siento profundamente unido a la sociedad de mi tiempo, a la de mi generación, y me apena terriblemente la escasa reflexión que la circunda, y lo acrítico de los análisis de muchos de sus representantes, cargados de rencor, de resentimiento o de odio más que de una voluntad transformadora basada en el amor. La disidencia real es aquella compuesta de valientes que se atreven a criticar incluso la pretendida “disidencia”, o las ideas, concepciones u opiniones extendidas masivamente como un cáncer entre unas personas que, han dejado de serlo para componer la masa social, una cosa intangible e inmaterial, un ganado de seres posthumanos esperando a ser guiados por un pastor ideológico que les diga como y cuando han de actuar y que exabruptos soltar, premiando el más poco humano, el más feroz o el más agresivo, e incluso el que menos sentido común tenga, con el elogio y el reconocimiento, en un efecto llamada a imitar ese ejemplo y a no criticarlo para no “perder coherencia”.
Ninguna religión con anterioridad a las sociedades actuales había conseguido crear un proyecto tan devastado de sujeto y tan devoto de un tipo de ideas que, en muchas ocasiones no ha sometido a crítica. Hoy en día el ciudadano medio no solo asiste a jornadas completas de aleccionamiento y a sermones de los nuevos párrocos (profesores, presentadores de televisión, políticos), sino que reproduce ese mensaje en su obrar diario al pie de la letra, y no solo eso, sino que enfoca sus esfuerzos en cuestiones marginales que no ayudarán a romper con lo establecido actualmente.
Por eso, y voy concluyendo, es necesario hoy por sobre todo, que, al hilo de la frase con la que abrí esta bagatela, salga un hombre de entre las cenizas, solo uno, que se atreva públicamente a combatir este dogma universal progresista de forma lógica y verdaderamente científica, o en su defecto, metacientífica (esto es filosoficamente), pues ello irá despertando la curiosidad poco a poco de los que hoy viven de quimeras y de sueños, para restablecer lo que otros nos arrebataron y en lo que muchos de nuestros antepasados colaboraron, debemos reconstruir un sujeto nulificado, es nuestro deber, si aspiramos a una sociedad del afecto, entregarlo todo a la causa de la revolución intelectual y la repulsa al progresismo reaccionario, es indispensable, como nota final, que una posthumanidad y una sociedad del odio se convierta en una sociedad humana, donde prime el amor y la voluntad de los sujetos para, día a día, corregirse, cambiarse, ser y evolucionar hacia una perfección siempre inalcanzable.

Comentarios
Publicar un comentario