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Las recompensas como negación de la madurez

Sé que el título de esta entrada, que publico hoy a toda prisa, con los exámenes vista y sin apenas aliento para pensar o atreverme a redescubrir nuevos conceptos, será un tanto atípico, y puede que en cierto punto cause resquemor, pero es una idea que llevo meditando desde hace bastante tiempo, basado, como no, en las experiencias personales o de conocidos, amigos y allegados.
Para ver la afirmación o las pruebas rotundamente taxativas de la veracidad de esta hipótesis, basta con observar a nuestro alrededor, como se comporta la gente, especialmente como inducen a que ésta se comporte. Porque las recompensas, esto es, el darles incentivos a las personas para que hagan lo que se espera de ellos, o lo que debieran hacer por ellos mismos, o, en todo caso, lo que se les obliga a hacer, facilitan o hacen personas profundamente interesadas, ególatras y egocéntricas, dado que se rinden culto a sí, a su personalidad, y esperan que todo el resto de personas y situaciones gire en torno a su piel.
Es por lo anterior por lo que mi familia siempre intentó, en la medida de lo posible y salvando las limitaciones o frustres que cometieron de vez en cuando (pues del error nadie esta exento), educarme como una persona de deberes, mas no de derechos, esto es, de obligaciones y de principios morales, no de recompensas o de satisfacciones psico-materiales. Intentaron educarme no solo para que le diera importancia o valor a cuanto poseía (un valor, también es verdad, con matices materialistas), pero también a tender la mano gratuitamente, sin esperar recompensa o sin interés de por medio. Bien es cierto que durante los primeros años de mi adolescencia, al ansiar el aparente éxito de otras personas (subrayo lo de aparente), decidí prostituir mi alma y entregar mis valores para intentar arramplar para mí un pedazo de ese pastel tan suculento del éxito, de la aprobación social y del sentirse integrado o apreciado, no por lo que uno es, sino por lo que uno hace y por los trueques emocionales que realiza. Hoy en día miro para atrás y me es inconcebible pensar como, en un momento dado, desee con todas mis fuerzas ser ese tipo de posthumanos a los que critico, y cuya corriente someto a juicio.
Pero la vida y sus vicisitudes es lo que tienen, y fui, con el paso de los años, dándome cuenta, no solo de la importancia que los valores y los principios tienen para una persona, pues determinan su esencia y dan forma a nociones que debieran ser elementales como la de cooperación basada en el desinterés y en la honestidad, sino también de que, era precisamente la imposición obligada de un sistema basado en premiar materialmente o con adulaciones ególatras, la realización de ciertas acciones o la participación de ciertas conductas, con independencia de su naturaleza, y que tiene por fin, entre muchos, desprovisionar al sujeto de toda carga afectiva, empática o de conciencia, convirtiéndolo en una suerte de esclavo que hace lo que hace por una retribución (el prototipo perfecto del postrer esclavo asalariado).
Aparte de la familia, donde los lazos naturales de afecto y conexión intraemocional se ha roto, donde la educación en los valores occidentales tradicionales de esfuerzo, superación y autoedificación personal brillan por su ausencia, y donde la “educación” que en su mayoría reciben los niños consiste en su base más fundamental en una pugna con sus padres, pidiéndoles que satisfagan sus deseos materiales de juguetes (formados en sus mentes por el éxito de las campañas publicitarias) y los padres, sin mucha fuerza de voluntad o tenacidad para soportar tales inclemencias, acaban claudicando con la seña de que el niño haga algún recado, o se “porte bien” en determinadas circunstancias, siendo el “portarse bien” no un ejercicio personal de autoregulación y conocimiento del bien y del mal como razones etéreas, sino el sometimiento a un férreo código de conducta, cuya desviación implica consecuencias coactivas como la supresión de los agasajos materiales a los que acostumbran a los niños (embargo), la limitación o supresión del uso y disfrute de ciertos servicios como la televisión, los dispositivos electrónicos o los videojuegos, y por último como medida más extrema, la supresión de la libertad.
Atrás quedaron los “ve a tu habitación y piensa en lo que has hecho”, o los “debes conocer en tu interior y descubrir la verdadera naturaleza de tus actos”, por lo que ya no se le pide al niño que recapacite, que reflexione, aunque sea mirando hacia la pared y arrinconado en una esquina. No. Lo que se le obliga es a internalizar una serie de normas de conducta estipuladas o bien como norma social, o bien por caprichos y manías imperativas de los padres, normas en las que, ni que decir tiene, que los niños no han participado en lo más mínimo en su elaboración, y tampoco han decidido la sanción a cumplir, quedando a criterio estricto y personal de los padres (razón por la cual sus ejercicios coactivos tienen respaldo legal por parte del Estado hasta que el niño es mayor de edad, cuya tutela, lejos de pasar a sí mismo, recae en manos del Estado, quién aplicará a criterio de un juez la sanción que crea oportuna).
Los roles se dividen, y los niños son deshumanizados y reducidos a meros lacayos al servicio del poder patriarcal (el de los padres), como preámbulo del poder estatal y el de la empresa asalariada. Y eso, la educación que muchos reciben en sus casas, sin contar la trituración mental que sufren en la escuela, donde se les enseña a “respetar” a las autoridades, que siempre están constituidas para garantizar su bienestar y seguridad, como máximo exponente a esto quedan elevados los profesores, que se convierten en agentes del orden en su propia clase, haciendo las veces de policía, juez y verdugo, como un Estado a escala personal.
Y así los niños ven que, en el fondo, todo gira en torno a ellos, y que pueden satisfacer sus placeres, deseos o ambiciones y al mismo tiempo ganar tan ansiadas recompensas, que pueden gozar del mal y no obtener sanción por ello, si alteran las normas del juego. Ello motiva la aparición de la desviación, de la corrupción a pequeña escala, a la que todos nos vemos empujados, nos hace renunciar a los retos y buscar las vías rápidas, fáciles, placenteras, directas a nuestras aspiraciones más mundanas. No despreciamos nuestra espiritualidad, porque en el fondo, no hay nada que despreciar, dado que no la tenemos. El bien y el mal se convierten no en esencias por sí mismas, sino en dos formas diferentes de alcanzar los mismos objetivos, siendo el mal, la mezquindad, el odio, la animadversión y la competencia desenfrenada el modo más directo, más eficiente, más eficaz, más fácil y el más rápido. Y así, poco a poco va silenciando su conciencia y transformándose en lo que en cierto relato distópico se llama con gran acierto “nopersona”, pues es un infraser que, en cierto modo, está negándose a sí mismo con sus actitudes, acciones e intenciones, negando su carácter trascendente, y negando por consiguiente su humanidad.
Esos niños crecen, y con el tiempo degeneran la sociedad en la que viven a pasos agigantados, siendo los nuevos políticos, economistas, empresarios, brokers financieros, y así cualquier oficio que se te pueda estar pasando por la cabeza, pero claro, teniendo clara la premisa de que, serán en todo buenos lacayos para que ello les permita sobrevivir, y que, cuando les sea necesario, sacarán las garras para seducir y destrozar a todo oponente, ya no compañero, con tal de conseguir la satisfacción de ser “el mejor de todos”.
Resulta algo tremendamente paradójico como, muchas de las personas que se quejan de la situación política, económica, social o convivencial de nuestros tiempos, no se dan de cuenta en que pudieron haber revertido eso hace muchísimo tiempo, pero, amén de los vicios hedonistas y pervertidores de conciencias, o de las prácticas extenuantes de sus trabajos, todo con tal de ganar una cifra lo suficientemente abultada como para mantener un tren de vida a todas luces epicúreo, se olvidaron de educar moral, ética y espiritualmente a sus hijos, para que el día de mañana, los lazos de solidaridad y camaradería formados entre ellos pudieran suponer el talón de Aquiles de la sociedad que, con tanta fuerza se empeñan en criticar, defenestrar y vituperar.
Y aquí me tenéis, escribiendo contra algo que he practicado en el pasado y de lo que soy víctima y perpetuador todavía, al matricularme como alumno de una universidad, acepté gustosamente seguir participando de un sistema de corrupción y olvido del ser, pero mi pecado no es completo. Yo me he dado cuenta de lo que he estado haciendo, y a pesar de la realidad que me toca vivir a diario, me esfuerzo todo lo posible por mejorar, por ser solidario, por tender mi brazo, por ser todo lo sincero y honesto que mis condiciones me permiten. No me dejo apesadumbrar por mensajes pesimistas llenos de conformismo, ni maravillar por un optimismo quimérico, no. Porque sé muy bien que una sola golondrina no hace verano, lo sé.
Pero también tengo constancia de que, desde que estoy empezando a cuestionar cada paso, cada acción, a replantearme enserio mi persona, a esforzarme para mí y para los demás desinteresadamente, estoy mucho más tranquilo con mi conciencia, y no voy como un borracho en día de penitencia, intentando callar mi conciencia apadrinando un niño en África y enviando un dinero que no se si llegará a su destino, es decir, practicando la caridad (de esto ya hablaré en el futuro), porque no necesito de eso, porque, gracias a cobrar conciencia de mis fallos y purgarlos en un ejercicio renovador del ser y de mi persona, me permito el lujo de criticar algo que ya no comparto en absoluto, la insolidaridad y la hipocresía de una sociedad que ya ha tocado techo, y cuya caída libre es signo inequívoco de futuro colapso.

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